Biotecnología en el filo: más esfuerzos frente a viejos problemas

Biotecnología en el filo: más esfuerzos frente a viejos problemas

Se acerca a su final un año especial para la biotecnología, que vive en 2014 su Año, aprobado por el Gobierno (con algo de retraso; se esperaba para 2013) y promovido por la Federación Española de Biotecnólogos (Febiotec), la Asociación Española de Bioempresas (Asebio), la Sociedad Española de Biotecnología (Sebiot) y la Sociedad Española de Microbiología (SEM). No es el único aniversario vinculado con el sector: el CSIC (que alberga decenas de centros ligados a la biotecnología, principalmente sanitaria) cumple 75 años; Sebiot cumple 25, y Asebio, 10. Se soplan velas, pero con una media sonrisa.

 

Tanta bienvenida y merecida onomástica no debe ocultar que la biotecnología española está en un momento clave, difícil, aunque aún esperanzador: muestra todavía signos de crecimiento, ralentizados, eso sí, tras la explosión que suponía partir casi de cero, pero se ve lastrada por los mismos problemas que a principios de siglo. Su vertiente sanitaria, a la que va principalmente dedicada este artículo (casi todo su contenido se puede extrapolar al resto de ámbitos biotecnológicos), sigue siendo la punta de lanza, pero se trata de una lanza que todavía no logra acertar de pleno en el blanco del éxito. Es probable que, si no se solucionan trabas ya clásicas, la biotecnología española toque techo. No es tanto su propio techo, que es muy alto, sino el que un entorno falto de flexibilidad le impone. Es como globo que crece dentro de uno mayor, que lo alberga, pero que amenaza con constreñirlo si no se expande al ritmo que lo hace el de su interior.

 

Las trabas, más allá de la crisis del último lustro, que las agrava, son de sobra conocidas. La ciencia, y la biotecnología no escapa a ello, no es ninguna prioridad para las políticas del siglo XXI. Las administraciones públicas no apuestan decididamente por ella, lo que deja una financiación limitada y unos fondos y herramientas no siempre flexibles y bien dirigidos. El sector privado no cubre el vacío que deja el público y todavía se muestra temeroso de un sector definido por los resultados a medio-largo plazo. La sociedad no acaba de comprender que vive inmersa en la biotecnología (porque faltan emisores y mensajes mejorados, y receptores atentos y preparados) y, en el mejor de los casos, si entiende qué significa no interioriza todo lo que debiera sus posibilidades.

 

La biotecnología tiene todavía carencias comunicativas
-subsanables- tanto hacia el gran público como hacia los profesionales y agentes implicados en el sector.

 

La visibilidad profesional del sector sí ha ganado peso en los últimos años. Ciertos impulsos y mejoras comunicadoras (desde dentro) se han sumado a dos felices coincidencias: las dos últimas máximas responsables de coordinar la política científica en España, Cristina Garmendia y Carmen Vela, son dos de los nombres clave de la biotecnología española. La primera, desde Genetrix y Asebio; la segunda desde Ingenasa y Sebiot. Pero de todos es sabido que, en política, el río te lleva: por muchas ganas que le hayan puesto, seguro que no han podido hacer tanto por el sector biotecnológico como les hubiera gustado. Las redes del Ministerio de Hacienda, más Can Cerbero del Gobierno que nunca en los últimos años, son fuertes y llegan lejos.

 

La biotecnología es un sector joven, por mucho que los egipcios se valieran de ella para fabricar cerveza hace miles de años. Lleva pocos años creando tejido. Su base, la investigación básica, es una de las armas en España. Igual que sucede en biociencias en general, los investigadores españoles no tienen mucho que envidiar a la media internacional en publicaciones, calidad y presencia en revistas de alto impacto. Otra cosa es hablar de las patentes, caballo de batalla desde hace años. Que se patenta poco es un tema recurrente, pero es que, además, no se patenta todo lo bien que se debería: hay que patentar porque algo merezca la pena (bien guiado y gestionado), no sólo porque exista una máxima muy repetida que inste a ‘patentar, no sólo publicar’. Un detalle, quizá nimio, quizá significativo: la patente biotecnológica más conocida, y quizá más rentable, en el ámbito sanitario, sigue siendo la del ADN polimerasa del fago phi29, por obra y gracia, en 1989, de Margarita Salas.

 

Una de las conclusiones del Plan Estratégico 2014-2017 del Centro Nacional de Biotecnología (CNB): The combination of two adverse circumstances, both of them due to insufficient funding, namely i) obsolete, dfective and sub-optimal research infraetructures, and ii) the lack of timely renewal of scientific staff with highly talented and young people, will have an inexorable and dramatic negative impact on the scientific output of the Centre, both in terms of quantity and quality. The anticipated loss of scientific leadership and competitiveness will seriously impair the capcity of the CNB to compete for external funding and, consequently, further exacerbate the Centre´s budgetary problems.

 

Un ejemplo que ilustra las dificultades a las que se enfrenta el sector. El Centro Nacional de Biotecnología (CNB), centro de Excelencia Severo Ochoa y absoluta referencia nacional, perdió entre 2010 y 2012, en comparación con el trienio 2008-2010, un 24 por ciento de la financiación nacional en I+D. Una reducción de más de 10 millones de euros, según admite su Plan Estratégico 2014-2017. La razón no es la pérdida de competitividad del centro, ya que en esos mismos periodos aumentó un 21 por ciento la captación de financiación internacional, sino la reducción de los fondos españoles para la investigación. Junto a la pérdida de financiación, el otro gran problema del CNB (y del CSIC, y de la ciencia española en general) es la falta de personal: comparando, de nuevo, los trienios 2008-2010 y 2010-2012, el personal en el CNB se redujo un 15 por ciento. A estos problemas de base (investigación básica y principios de la aplicada) se unen los del ámbito empresarial, con una pérdida en los dos últimos años de la inversión en I+D por parte de las empresas de casi un 8 por ciento (más de un 5 por ciento en 2012 y más de un 2 por ciento en 2013).

 

El sector necesita historias de éxito en su vertiente industrial. El mejor ejemplo de lo que cuesta conseguirlas es Yondelis, el fármaco antitumoral de Zeltia, primer y casi único verdadero boom comercial de la biotecnología sanitaria española. Su aprobación llevó años, y hubo un tiempo en el que hablar con José María Fernández Sousa, CEO de la compañía, era sinónimo de escuchar ‘el próximo año llegará’. Llegó, pero muchos años después de lo esperado, tras un gran esfuerzo (también económico). Al éxito de Yondelis, ya confirmado y en progresión, le ha seguido, casi una década después, el acuerdo este año entre la multinacional Roche y la empresa Oryzon de Carlos Buesa, probablemente el hombre del año en el sector a nivel nacional. Este matrimonio aún debe desarrollarse y cristalizar en frutos más allá del jugoso acuerdo económico, pero hay que decir que la gente del sector sabe que, igual que la moneda ha salido cara, pudo haber salido cruz: los emprendedores como Buesa aún viven una travesía biotecnológica incierta en el desierto, y son muchos los que se quedan por el camino, algunos lejos de la meta y otros casi rozándola. Cómo cuesta…

 

Todavía se valora más publicar que patentar o crear una spin-off. Dicho esto, el sector necesita incrementar la tasa de supervivencia y relativo éxito de las jóvenes bioempresas, pero también que éstas se atomicen, creen tejido más fuerte y que, en pocas palabras, sean quizá menos pero más grandes y fuertes: acuerdos, compras, adquisiciones, ventas, colaboraciones… Estos términos deben crecer y consolidarse en el panorama empresarial, tanto entre empresas españolas como con empresas internacionales.

 

El sector público no quiere y/o no puede dar más de sí en pro de las biociencias y la biotecnología. Es una pena. Hay que seguir pidiéndolo que lo haga, pero sin fiar el futuro del sector a ello, porque puede ser un suicidio. Si no quiere y/o no puede poner la I+D+i entre sus prioridades, y creo que deberíamos darnos cuenta a estas alturas de que es así, surge otro escenario: el sector privado. Éste debe pujar, eso sí, con la ayuda del público además de con su propio impulso. Pero… otro revés: lo privado, y el capital riesgo con especial protagonismo, tampoco quiere y/o no puede y/o no sabe apostar de lleno por la biotecnología. Según el sector biotecnológico vaya dejando de ser tan joven y cale la idea socioeconómica de que cambia la vida a mejor, los inversores van a entrar por el aro. Ojalá lo hagan también los gobiernos y poderes económicos. Mientras se consigue que lo hagan motu proprio, hay que empujarles a hacerlo. Dos vías: ayudas públicas (fiscales, pero no sólo) y concienciación social, con una palabra clave: comunicación. Sobre ésta hablo un poco más adelante.

 

Siguiendo con lo público-privado, el Gobierno no suele hablar de inversión en biotecnología o biomedicina, así que habrá que conformarse, para debatir, con las cifras globales en I+D. Se destina a este ámbito un 1,4-1,5 por ciento del PIB. El objetivo europeo fue llegar al 3 por ciento, pero se vio tan onírico que en España se bajó al 2 por ciento. Tampoco llegamos, en todo caso. Economía ya ha dicho que lo que aporta lo público en ese 1,5 por ciento, que viene a ser más o menos la mitad, no va a crecer de aquí a 2020. Así, lo que aporta lo privado tendrá que duplicarse en los próximos años. Los inversores no van a hacerlo solos a corto-medio plazo. Si la realidad es dar por perdido el crecimiento de la inversión pública en investigación y biociencia, habrá que empujar el dinero privado para que multiplique esfuerzos, sin olvidar alternativas latentes, como el mecenazgo, tan instaurado en Estados Unidos y tan poco presente en España. Todo ello en un panorama en el que se consolida la apuesta global por las colaboraciones público-privadas, que traen aparejadas tantas posibilidades como dudas.

 

El Gobierno de Mariano Rajoy ha dejado claro que, en la carrera para que la I+D+i suponga el 2 por ciento del PIB nacional (del objetivo primigenio del 3 por ciento ya ni se habla), los fondos privados deben duplicarse, porque los públicos no crecerán. Concretamente, partiendo de que la pública seguirá rondando el 0,6 por ciento, la privada debería duplicarse y llegar al 1,4.

 

Retomo el tema de la comunicación y la conciencia social, lastrada (batalla perdida) por cosas como la mala prensa de las farmacéuticas y los transgénicos, por poner dos clásicos ejemplos. Irá cambiando para mejor, y aquí reside la gran oportunidad. Se acepta mejor lo que se conoce. La biotecnología va ganando presencia en el día a día, en los medios y en la formación. Falta mucho esfuerzo de base, pero es una gran noticia, por ejemplo, que la carrera de biotecnólogo asome la cabeza, aunque su desarrollo deba aún pulirse. También lo es que las campañas divulgativas de Asebio y Febiotec, por poner dos ejemplos ya citados, tengan continuidad y presencia. Novedades como el crowdfunding científico crean debate y abren puertas. Las redes sociales (no sólo, también los medios tradicionales), y un mayor interés social, amplifican los mensajes de los divulgadores científicos vinculados con la biotecnología. Los hay, y muy buenos. Los periodistas van poco a poco especializándose, lo que suma otro punto.

 

Aun así, la pregunta ¿qué es la biotecnología? sigue generando dudas, miradas perdidas, gente ojiplática, respuestas poco concisas. El campo de mejora, insisto, está aquí. La biotecnología es tan amplia que, en su definición global, puede causar distracción por ser demasiado generalista, heterogénea, multidisciplinar, ecléctica. Es un arma de doble filo: sirve para todo, y esto puede despistar el interés social (e incluso profesional) por el sector. ¿Qué hacer? Por un lado, asentar el término global, lograr que suene accesible y explicar que es sólo la puerta a un mundo casi infinito. Por otro, no menos importante, hacer llegar su diferenciación y concretar sus opciones y posibilidades: igual es más fácil conseguir que términos como células madre, biorremediación, terapia génica, biodiesel, transgénicos, etc., calen más que su raíz madre, biotecnología. Dicho de otro modo: que la gente sepa qué es biotecnología en general, sin que sepa para qué sirve en concreto, es quedarse a medias.

 

A la difusión social de la importancia de la comunicación científica, que es mejorable pero que lleva años progresando, hay que añadir la comunicación profesional. El sector (administración pública, empresas, universidades, investigadores, inversores…) debe comunicar mejor: lo necesita para sobrevivir. Aún hay empresas sin gabinete de comunicación, aún hay centros e instituciones que no dan a conocer sus logros, y agentes en el sector lamentablemente invisibles. Para poner un granito de arena, unos cuentos amigos y colegas vinculados con la comunicación y la biotecnología hemos unido ambos términos y les hemos dado forma, creando la Asociación de Comunicadores de Biotecnología (aCb). Es sólo una iniciativa entre las muchas que debe haber al respecto. Ojalá entre todos los implicados logremos poner la biotecnología en el lugar que sus posibilidades le tienen reservado.

 

Este artículo fue publicado por Biotechspain el 10/12/2014

jose a plaza
japlazajaplaza@gmail.com